CASI 1,500 MUERTOS EN VENEZUELA
POR LOS TERREMOTOS

 

CARACAS, VENEZUELA, 28 de junio de 2026.- Las cifras oficiales revelan la magnitud del desastre:


1,500 muertos y 3,238 heridos, además de 3,142 familias damnificadas, según el último balance nacional.  


EL gobierno venezolano evita hablar de desaparecidos. Una cifra que Naciones Unidas calculen más de 50,000.


la presidenta Delcy Rodríguez dijo que 33 personas fueron halladas con vida el sábado, nueve de ellas encontradas por los topos, rescatistas mexicanos que se encuentran en la zona de desastre.


 La ONU estima que los sismos podrían dejar casi 7 millones de damnificados y daños materiales por 6,700 millones de dólares equivalente al 6% del Producto Interno Bruto del país.


Una protesta de pobladores obligó el domingo a un grupo de militares a tomar picos y palas y participar en el levantamiento de escombros de un edificio derrumbado el gobierno militar, la Guaira, la zona más afectada por los sismos e impuso el trámite de un salvoconducto para que rescatistas médicos y voluntarios.


El 24 de junio de 2026 a las 18:04 hora local se sintió el primer sismo, de magnitud 7.2, el segundo, más fuerte 7.5, llegó 39 segundos después.

 

 

Desde ese día las manos escarban en busca de sobrevivientes, mientras las oraciones se repiten como un mantra en espera de un milagro.


La tierra tembló dos veces en menos de un minuto y Venezuela quedó suspendida en un silencio que solo los derrumbes pudieron romper.


En la costa central, especialmente en La Guaira, los edificios cedieron como si fueran de arena, dejando a miles de familias atrapadas entre concreto, polvo y miedo.


Entre los escombros también quedó sepultada una parte de la escena cultural venezolana.

 

 


Los cuatro integrantes de la banda emergente de rock Van Der Dijs —Manuel Van Der Dijs, Gabriel Gómez, Xander Hernández y Abraham Foucault— murieron durante los sismos.


Eran jóvenes, talentosos, y apenas días antes habían tocado con la energía de quienes creen que el futuro está por abrirse.


Su muerte estremeció al país tanto como el propio terremoto.


En La Guaira, los rescatistas encontraron a un niño de 11 años con vida, atrapado entre estructuras colapsadas.

 

 


Su rescate fue un destello de esperanza en medio de la devastación. “Cada vida es esperanza para Venezuela”, dijo la presidenta encargada Delcy Rodríguez.


En Caracas, un taxista de 60 años relató cómo su automóvil quedó aplastado mientras dejaba pasajeros.


“Las piedras salían disparadas… el estruendo fue horrible”, dijo con los brazos heridos. Su testimonio es uno entre miles: personas que corrieron sin saber a dónde, que buscaron linternas, agua, manos, cualquier cosa que sirviera para salvar a otros.

 

 

La devastación

 

 

El estado de La Guaira fue declarado zona de desastre. Decenas de edificios colapsaron, 250 estructuras quedaron afectadas o perdidas, y barrios enteros se transformaron en montañas de concreto.

 

Las imágenes recuerdan al deslave de 1999: calles cubiertas de polvo, habitaciones expuestas, bibliotecas al aire libre, vidas enteras desordenadas por la fuerza de la tierra. En Catia La Mar, tres días después, los rescatistas seguían buscando sobrevivientes entre estructuras retorcidas.

 

La solidaridad del mundo

La tragedia movilizó al planeta. 24 países enviaron ayuda directa:

  • 2,741 especialistas en búsqueda y salvamento,
  • 86 equipos caninos,
  • 521 toneladas de suministros,
  • maquinaria pesada, hospitales de campaña y brigadas militares.

 

La ONU instaló tres hospitales de campaña en La Guaira y abrió refugios multiservicios con comedores y sistemas de saneamiento para quienes perdieron su hogar.

 

Estados Unidos, México, Qatar, España y Naciones Unidas enviaron aviones con ayuda humanitaria.

 

Los equipos internacionales trabajan hombro con hombro con bomberos, paramédicos y voluntarios venezolanos.


En cada brigada hay historias: manos que no descansan, ojos que buscan señales de vida, voces que se quiebran al encontrar cuerpos.

 

Los refugios: la vida después del temblor

 

En los refugios improvisados, las familias comparten mantas, agua y silencio. Hay niños que preguntan cuándo volverán a casa, adultos que no saben cómo explicar que ya no existe.


Las cocinas comunitarias sirven comida caliente mientras psicólogos y voluntarios intentan sostener el ánimo de quienes lo perdieron todo.


Los refugios multiservicios de la ONU se han convertido en pequeños oasis: lugares donde se puede dormir sin miedo a que la tierra vuelva a moverse, donde la solidaridad es el único techo seguro.

 

Un país que resiste

 

Venezuela vive horas de duelo, pero también de resistencia. Cada rescate, cada abrazo, cada brigada que llega desde otro país es un recordatorio de que incluso en la tragedia más profunda, la humanidad se abre paso.

 

Los terremotos de magnitud 7.2 y 7.5 no solo derrumbaron edificios: dejaron cicatrices en la memoria colectiva. Pero entre los escombros también surgieron historias de valentía, solidaridad y esperanza.

 

Y esas historias —las de los niños rescatados, los músicos perdidos, los vecinos que se convierten en héroes improvisados— son las que mantendrán vivo el espíritu de un país que, aun herido, sigue de pie.

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